ATrabajar 100% remoto tiene muchas ventajas. La flexibilidad de elegir desde dónde conectarte, la comodidad de tu propio espacio o todo lo que ahorramos en tiempos de desplazamiento. Pero también tiene algo que con los años se vuelve cada vez más evidente: la distancia física puede generar distancia emocional. Las reuniones virtuales cumplen su función operativa, sí, pero difícilmente construyen el tipo de conexión que surge cuando compartes experiencias reales con tus compañeros.
Por eso, cuando en Zibor nos reunimos presencialmente, no lo hacemos solo para “vernos las caras”. Lo hacemos para reconectarnos genuinamente. Y eso fue exactamente lo que sucedió en nuestro encuentro empresarial anual de este año: dos días completos que nos sacaron de las pantallas y nos pusieron frente a desafíos que solo podíamos resolver juntos.
¿Qué es el aprendizaje experiencial?
Antes de hablar de lo que viví, necesito aclarar algo fundamental acerca del trasfondo y los objetivos de estas actividades. Y es que esta no fue la típica “fiesta empresarial” y mucho menos una aventura “porque sí”. No, ambas jornadas fueron pensadas en función de lo que se conoce como aprendizaje experiencial.
Un estudio cualitativo publicado por la universidad de Zulia define el aprendizaje experiencial como el proceso de construcción de conocimiento a partir de la reflexión sobre la vivencia. Esto nos quiere decir que lo importante no son las actividades en sí mismas, sino la reflexión que surge a partir de ellas.
Esta misma investigación, realizada con 49 trabajadores en Pereira, Colombia, encontró que los participantes que inicialmente subvaloraban la educación experiencial cambiaron completamente su percepción al vivenciar el impacto en su calidad de vida laboral y personal. Es decir, no se convencieron leyendo sobre sus beneficios, sino experimentándolos.
Este tipo de aprendizaje exige colaboración, comprensión y retroalimentación. Es así como se crean sinergias y se fortalece la comunicación efectiva entre grupos. Lograr esto en entornos netamente virtuales es sumamente complejo y a raíz de esa misma complejidad es que surgen este tipo de encuentros. Se podría decir que la confianza en el otro se desarrolla más fácilmente cuando tienes que confiar físicamente en que te sostendrán al dejarte caer con los ojos cerrados (spoiler: eso hicimos).

Día 1: ¿Qué aprendimos del Salto del Buey?
La jornada inició a las 6:00 AM en el punto de encuentro cerca a la estación Industriales. Desde que tengo la oportunidad de trabajar en Zibor, he podido reafirmar que la frase “nos encanta encontrarnos” no solo se dice, sino que también se vive.
Una prueba de esto último es que no todos los colaboradores veníamos desde nuestras casas en Medellín y sus alrededores. Algunos compañeros viajaron desde Santa Marta, Cartagena y Bogotá para vivir esta experiencia con nosotros, lo que demuestra el nivel de compromiso y la importancia que le damos en Zibor a estos espacios de encuentro.
El trayecto inicial transcurrió mientras algunos conversábamos y otros aprovechaban para descansar. Pero algo cambió cuando llegamos a La Ceja para desayunar y cambiamos de medio de transporte.
El viaje prepara el aprendizaje
Pasamos de la comodidad de un bus de turismo a una Chiva Clásica que lo único moderno que tenía era un sistema de sonido con conexión Bluetooth. Fue en ese momento cuando la experiencia comenzó a transformarse. De repente, estábamos expuestos al aire libre, a los paisajes que antes veíamos tras una ventana.
Cruzamos el Río Piedras mientras la Chiva avanzaba por carretera destapada, viendo vacas pastando en las montañas circundantes, sintiendo cómo cada curva nos acercaba más a la naturaleza y nos alejaba de las pantallas que dominan nuestro día a día.
Wilson, nuestro CTO, se robó el show haciendo de DJ durante el trayecto, y esa última hora hasta El Salto del Buey se hizo demasiado corta entre risas, música y esos paisajes que te recuerdan lo desconectados que a veces estamos del mundo físico cuando trabajamos 100% remoto.
¿Qué tiene que ver esto con el aprendizaje experiencial? La verdad es que esta última parte del trayecto nos “preparó” un poco mejor para lo que íbamos a vivir. Ese cambio de la comodidad del bus donde perfectamente podíamos dormir a una Chiva que nos exponía a los paisajes y la “incomodidad” (literal y figurativa) del camino ya estaba preparando nuestro cerebro para aprender, para descubrir algo diferente.
En otras palabras, estábamos dejando atrás las pantallas (imprescindibles para nuestro trabajo y nuestra vida cotidiana), para respirar aire puro, ver el cielo abierto y conectarnos con algo que muchas veces olvidamos existe.
Introspección antes de la aventura
Una vez llegamos a la reserva natural, sus guardabosques nos dieron un breve recorrido y nos contaron la historia del lugar. Pero antes de iniciar la caminata hacia el salto, tuvimos un ejercicio de meditación, reflexión y estiramiento que, honestamente, no esperaba. Fue un momento de encuentro con nosotros mismos que estableció el tono de lo que vendría después.
Allí aprendí algo que no sabía: y es que a partir de cierta altura, a las cascadas se les denomina “saltos”. El Salto del Buey es una caída de agua de casi 100 metros de altura. La presión y fuerza con la que desciende el agua es tal que, aunque estábamos a distancia prudente, terminamos completamente mojados. Sentir el agua caer, escuchar el estruendo constante del salto (no cascada), todo eso te invita a estar presente, a vivir el momento.

Experiencias paralelas cargadas de aprendizajes
Aquí el grupo se dividió naturalmente. La mayoría continuó con la actividad principal: escalar vía Ferrata el Salto del Buey. Mientras tanto, algunos compañeros y yo elegimos vivir otra experiencia. Preferimos quedarnos para conocer más sobre el proceso de producción de cerveza artesanal que se hace en el lugar.
Mientras nosotros estábamos en el tour cervecero, aprendiendo sobre procesos de fermentación, maltas y el cuidado detrás de cada botella producida en la reserva, había otras 20 personas ascendiendo por la ferrata. Ellos estaban viendo desde las alturas cómo corría el agua con fuerza, contemplando paisajes que solo se aprecian cuando te atreves a salir de tu zona de confort y viviendo momentos de silencio reflexivo, de risas nerviosas y de miedos superados.
Aprendizajes desde caminos diferentes
Ese día evidenciamos que cada decisión puede aportarnos aprendizaje y puede ser positiva siempre y cuando sepamos disfrutarla y reflexionar sobre ella. Con los que escalaron ocurrió algo muy valioso, y es que muchos de los que tenían más miedo al inicio terminaron siendo los que lideraban el ascenso. Terminaron siendo los que animaban a otros, los que guiaban.
De esto último me quedo con lo significativo y relevante que es el aprender a confiar. Cuando confías en el otro (en este caso en los guías y en tus compañeros), cuando sigues indicaciones y trabajas en equipo, puedes lograr cosas que individualmente parecían imposibles.
Nosotros, desde el tour cervecero, también aprendimos algo valioso: la importancia de prestar atención a los detalles, de entender los procesos detrás de lo que consumimos y de fortalecer la curiosidad. Esta experiencia multisensorial despertó en mí (y en quienes me acompañaban) un interés profundo por comprender mejor todo lo que damos por sentado en nuestro día a día.
Ambas experiencias, aunque completamente diferentes, compartían algo esencial: nos estaban enseñando a través de la vivencia directa, no de un manual o una presentación de PowerPoint. Fue una aventura genial porque todos, desde diferentes caminos, llegamos a aprendizajes valiosos.
Día 2: Reto empresarial en el Parque Arví
El segundo día fue, en términos formativos, el más intenso. En Parque Arví vivimos un “reto empresarial” guiado por Comfama, pensada para traducir desafíos físicos en aprendizajes sobre liderazgo, coordinación, comunicación y mucho más. Lo interesante es que los facilitadores no se referían a esto como un “outdoor training” o “team building”, pero en esencia era principalmente eso: formación experiencial.
La mañana arrancó con un gesto sencillo pero potente: cada persona se presentó como líder de su área y compartió una expectativa concreta para la jornada. Ese acto instaló dos ideas clave: responsabilidad compartida y liderazgo distribuido. Más allá de lo simbólico, este acto es una forma de recordarnos que cualquiera puede liderar cuando la situación lo pide.
Confianza, equilibrio y vulnerabilidad compartida
La segunda actividad implicó caminar en diferentes direcciones por un mismo espacio. Cada vez que nos daban la indicación de detenernos, debíamos interactuar con la persona más cercana y hacer una actividad puntual. Por ejemplo, cerrar los ojos y dejarse caer confiando en que tu compañero te sostendría. Parece simple, pero requiere un nivel de confianza que normalmente no practicamos en el día a día laboral.
Luego pasamos a la primera “gran actividad”, que dividió al grupo en dos y requirió arneses. El ejercicio consistía en que dos personas subían a un árbol y debían cruzar caminando por cables mientras se miraban cara a cara y se apoyaban el uno sobre el otro. Conforme avanzaban, la distancia entre ambos cables se hacía más ancha, lo que implicaba que tuvieran que apoyar más el peso de su propio cuerpo el uno sobre el otro, construyendo equilibrio para avanzar.
En ese espacio se ejercitó planificación rápida (¿quién sube primero?), adaptación a los cambios, la asertividad al comunicar, la capacidad de escucha y sobre todo la confianza en el otro. Más que una prueba física, esto se vivió como un laboratorio de toma de decisiones.

El “Lago del Ácido” y otras metáforas empresariales
El “Lago del Ácido” fue la segunda actividad. Allí, debíamos cruzar un camino de troncos sin tocar el piso y manteniendo el contacto al cruzar la meta. Esto funcionó como una metáfora de problemas complejos. Sin una solución individual clara, la salida solo apareció cuando el grupo combinó información, recursos y creatividad. Allí quedó claro que los distintos roles (quienes ejecutan, quienes planifican y quienes se salen del molde) son complementarios y necesarios para resolver retos complejos.
La penúltima actividad dividió nuevamente al equipo en dos grupos (pero éramos un solo equipo) y se delegaron roles: corredores, escaladores y creativos. Los escaladores debían subir una plataforma trabajando en equipo para tocar un objeto en la cima. Una vez tocaran el objeto y bajaran, daban un toque al siguiente escalador y luego a uno de los corredores, quienes debían recorrer rápidamente el bosque buscando fichas con las que, al finalizar, los creativos construirían un logo que representara a toda la empresa.
Una dinámica posterior unió todos los aprendizajes a través de la diversificación de roles con mayor claridad. Había escaladores que debían tocar un objetivo en la cima pero par subir era necesaria la colaboración mutua y el apoyo de los que desde abajo ayudaban a subir ese primer peldaño. Luego, daban el relevo a los corredores que recolectaban piezas por el bosque y, finalmente, todos en conjunto debían construir un logo con esas piezas que representara a todo el equipo.
La secuencia puso en evidencia cómo la coordinación interfuncional convierte acciones fragmentadas en un resultado compartido.
Un cierre más que simbólico
La actividad final fue nuestra “graduación” del reto empresarial. Una vez más fue necesario el arnés y nos enfrentamos a las alturas. Consistía en escalar hacia una pequeña plataforma en madera de varios metros de altura. Una vez arriba, las indicaciones eran mirar alrededor y contemplar el bosque desde las alturas por un momento.
Una vez hecho eso, debíamos decir en voz alta nuestro nombre completo y un compromiso que nos llevábamos a casa, sea personal o laboral. Después de compartir esto ante todos, cada uno debía saltar y tocar una gran pelota roja suspendida en el aire.
Me pareció una actividad muy linda, que nos invitaba a retarnos, a enfrentar nuestros miedos, a mostrarnos vulnerables pero a la vez decididos. Todos los momentos de estos dos días fueron memorables, pero si tuviera que elegir solo uno, me quedaría con este: el salto de fe después de declarar públicamente un compromiso.

Lo que se aprende cuando sales de la oficina (o de casa)
El aprendizaje experiencial no es un “día de campo” ni un “paseo empresarial”. Es una forma de desarrollar habilidades que difícilmente se construyen en la virtualidad o en capacitaciones tradicionales.
Las actividades nos invitaron a ejercer el liderazgo de diferentes formas, nos llevó a comunicarnos y a aprender tanto del otro, como de nosotros mismos. Además fue evidente cómo cada cosa que hacemos o dejamos de hacer tiene un impacto tangible en los resultados grupales.
Así que no, no fue una jornada de “integración” en el sentido superficial del término. Fue una oportunidad de vernos en contextos que nos desafiaban de formas diferentes, pero a la vez aplicables a lo que vivimos en el día a día laboral.
Lo valioso de estos dos días no fueron las actividades en sí, lo valioso fue lo que construimos a través de ellas. Cuando regresas de una experiencia como esta, no vuelves exactamente igual. Has visto a tus compañeros enfrentar miedos, los has visto brillar en contextos completamente diferentes al trabajo cotidiano. Y todo eso cambia el cómo te relacionas con ellos y la confianza que hay entre sí.
Y quizás esa es la lección más importante que me llevo de estos dos días: las mejores habilidades para el trabajo no se aprenden necesariamente trabajando. A veces se aprenden escalando cascadas, caminando sobre cables suspendidos, o simplemente dejándote caer confiando en que alguien más te va a sostener. Porque al final, estás practicando confianza, coordinación, vulnerabilidad, compromiso y muchas cosas más de maneras que ningún curso en línea podría enseñarte. Y todo eso que aprendes, es aplicable a lo que haces en el día a día laboral con tus compañeros de trabajo, solo que sin los arneses.

